jueves, 30 de abril de 2009

Un día en las carreras

Durante estos dos años hemos asistido a un Master Series de Tenis, a un Gran Premio de Moto GP y a un Gran Premio de Formula 1 y, mi opinión personal, es que estos acontecimientos deportivos se viven de forma muy distinta a como los sentimos y disfrutamos en España. El primer evento al que acudimos fue el Master Series de Tenis de Shangai, en noviembre de 2007; el torneo del 2008 nos lo perdimos ya que Rafa Nadal estaba lesionado y no participaba ningún otro tenista español. En aquel entonces me pareció asombroso el poco público que presenciaba el partido y la falta de entusiasmo del mismo, a pesar de que tuvimos la gran suerte de ser testigos de dos partidazos en los que, tanto Rafa Nadal como David Ferrer vencieron muy sobrados a Gasquet y Djokovich, respectivamente. Allí nadie animaba, bueno, exceptuándonos a nosotros, bandera en mano y gritando como locos hasta quedarnos afónicos, y unos pocos franceses y serbios que hacían lo propio con sus compatriotas, pero éramos una minoría, menos del diez por ciento. El resto eran chinos que estaban sentados, calladitos, calladitos, sin decir esta boca es mía, sin mostrar reacción alguna ante ningún estímulo externo, o sea, el partido y con unas cámaras de fotos y objetivos profesionales que quitaban el hipo. Lo cierto es que el ambiente que se respiraba allí era bastante deprimente y a uno le daba hasta reparo el ponerse a jalear a los nuestros, porque nos miraban como si nos faltara algún tornillo y lo correcto fuera permanecer en silencio, como si de la opera china se tratase. Resultaba sorprendente que acudieran familias enteras, incluyendo a los abuelitos y también niños muy pequeñitos que, como es normal en estos casos, se aburrían como ostras y se quedaban fritos. Estoy totalmente convencida que muchos de los que asistieron al partido no tenían ni idea sobre las reglas del juego ni los jugadores que estaban disputando el torneo y solo estaban allí para ver y ser vistos y, sobre todo, porqué es algo que hacemos los occidentales. Lo que es digno de mención es el estadio donde se celebran los torneos de tenis, que no podría ser más espectacular y moderno, con una cúpula móvil que se despliega como un diafragma. Es de envidiar la cantidad de dinero del que se dispone en China y lo llamativo y extraordinario de todas aquellas obras que pueden suponer un escaparate de este país al resto del mundo.Claro ejemplo fueron las impresionantes infraestructuras desarrolladas para los JJOO de Beijing.
Pasando ya al mundo del motor, tengo que reconocer que siempre me había apasionado la idea de asistir a un Gran Premio de Moto GP y de Formula 1. Sobre todo me atraía la fiesta que rodea en España estos acontecimientos deportivos y, por supuesto, la emoción de la carrera en si. Hay que decir que todos estos eventos son bastante caros y aquí solo se pueden permitir este lujo los extranjeros o los chinos ricos. El siguiente acontecimiento deportivo al que acudimos fue el Gran Premio de Moto GP, el pasado Mayo, y nos habían comentado que era bastante fácil y mucho más barato adquirir las entradas de reventa, puesto que es una competición que en China pasa bastante desapercibida. En el tenis adquirimos los pases en un distribuidor oficial, pero ya pudimos comprobar antes de llegar al estadio que había decenas de reventas con ofertas para cualquiera de los partidos que se iban a celebrar durante la semana.
Amaneció un día bastante frío y lluvioso, pero aún así, las ganas de ver las carreras en directo pudieron con el pequeño contratiempo que suponía las inclemencias climatológicas. Aunque nuestra intención inicial era comprar las entradas en la taquilla, un par de kilómetros antes de llegar al circuito ya nos mostraban todo tipo de pases y, finalmente, acordamos un precio estupendo, menos de la mitad de su valor oficial, por unos asientos en la tribuna principal, justo encima de la línea de meta. Fuimos muy afortunados y no hubo ningún problema para entrar y tampoco pusieron pega alguna para acceder con Adrián, por el que no pagamos nada. Yo tenía en mente el ambiente de Jerez o de Cheste, mucha animación, gente sonriente, feliz y dispuesta a pasárselo genial, muchas casetas de patrocinadores, pero tal y como ocurrió en el tenis, la atmósfera no podía ser más desoladora; éramos cuatro gatos y tan solo estaba abierta una mínima parte de la zona habilitada para el público en el circuito. Fue un día pasado por agua, gris, en el que a pesar del frío y la lluvia tengo que decir que los tres disfrutamos mucho y nuevamente nos quedamos sin voz por animar a nuestros corredores, mientras las setas chinas nos miraban con cara de “mira-estos-majaras-extranjeros”. Es una pena, pero lo cierto es que aquí las motos no interesan ni “al tato”, en cambio, la Formula 1 sí despierta gran expectación y el número de asistentes es muchísimo mayor, aunque tampoco se puede decir que sea un lleno total. Hace un par de fin de semanas tuvo lugar el Gran Premio de Formula 1 de Shangai, al cual no acudimos porqué todavía teníamos bastante reciente el campeonato de la pasada temporada, que fue en Octubre. En esa ocasión sí tuvimos claro desde el principio en presentarnos al circuito sin entradas para comprarlas de esa forma tan poco ortodoxa como ilegal que es la reventa. Pero esa vez fue muy diferente y la experiencia resultó bastante estresante. Mucho antes de llegar al circuito había un atasco monumental en la autopista por la cantidad de coches y autobuses que se dirigían, como nosotros, a ver la Formula 1. En la caravana nos pudimos deleitar con el increíble desfile de deportivos (Ferrari y Porsche son los más vistos), todo terrenos (Porsche Cayenne y BMW X5, que los deben regalar con las magdalenas chinas, pero todavía no he encontrado con cuáles…) y demás cochazos. En las inmediaciones del circuito el despliegue policial era impresionante y rápidamente empezamos a localizar los primeras reventas, o más bien debería decir que ellos nos localizaban a nosotros; es como si lo lleváramos escrito en la frente: “pardillos buscando entradas”. Lo primero que nos ofrecían eran pases para el aparcamiento y allí nos enteramos que era estrictamente necesario tener uno para que la policía te dejara aproximarte al circuito. Así que tuvimos que comprarlo, desembolsando cien yuanes, cuando su precio original eran quinientos. ¡Ya les vale, y todo para dejar tirado el coche en un aparcamiento cutre de tierra!. De esta forma pudimos atravesar la primera de las barreras policiales. Tras regatear y luchar con unos cuantos reventas, conseguimos por fin un precio muy bueno por unos asientos de tribuna excepcionales. Como no nos fiábamos ni un pelo, le tomamos una foto al chino que nos hizo la venta y le dijimos que como tuviéramos alguna complicación con ellas acudiríamos a la policía. El tío no paraba de reírse, no sé si de mi forma espartana de hablar chino o de que, simplemente, le hacía mucha gracia lo que le decía y le sacara una foto, ¡vete tú a saber!. Lo que habíamos comprado eran pases de tres días, con los entrenamientos previos a la carrera incluidos, lo cual quiere decir que, probablemente, ya habían sido empleados por otras personas antes el viernes y sábado. El caso es que las entradas estaban más viejas y arrugadas que un higo. Parecía que lo más difícil había pasado, ¡pero estábamos muy confundidos!. Al intentar acceder al aparcamiento nos encontramos con la segunda barrera policial y nos dieron el alto. Nos comunicaron que el pase era falso y que, por supuesto, no podíamos entrar a no ser que les abonáramos quinientos yuanes de vellón. Nos quedamos sin saber que hacer ni decir, entre otras cosas porqué no llevábamos ya más que ciento cincuenta y así se lo hicimos saber a los dos policías que nos pararon. El caso era que había un poli bueno y un poli malo, es decir, uno era sobornable y quería la pasta (para nosotros, y solo en esta ocasión, podemos considerar que ese era “el poli bueno”), pero el otro se negaba en rotundo. De repente, y sin mediar palabra, se monta en el asiento trasero de nuestro coche un tipo que les dice a la policía algo que no consigo entender, con esa “delicadeza” que les caracteriza cuando hablan entre ellos, y nos increpa para que nos movamos rápidamente y entremos en el aparcamiento. David y yo nos miramos, sin decirnos nada, pero los dos pensábamos lo mismo: “¡de esta acabamos en la cárcel!”. Pues nada, no sé todavía porqué, pero le hicimos caso; David arrancó el coche, delante de estos dos policías, que ni se inmutaron y era como si, de pronto, nos hubiéramos vuelto invisibles. El sujeto en cuestión nos reclamó la pasta y se fue sin decir más. Después de todo esto a mi me temblaban las piernas y estaba hecha un flan. Cuando esperábamos en la fila para acceder al interior del circuito, dio la casualidad que coincidimos con otros españoles que ya habían asistido el año anterior a la Formula 1 y que se lamentaban que les hubieran colado unas entradas falsas, y esta vez habían decidido no correr ningún riesgo y comprar pases oficiales. Según nos contaban su historia, a mí ya no me podían temblar más partes de mi cuerpo y solo podía pensar en la cara de idiotas que se nos iba a quedar como las entradas no fueran auténticas. Estaban tan manoseadas y arrugadas que al principio no las reconocía el lector láser, pero finalmente se iluminó la lucecita verde, pudimos pasar al recinto y respirar tranquilos al fin. Mientras nos comíamos un bocata y hacíamos tiempo antes que empezara la carrera, nos quedamos anonadados con una forma muy descarada de colar a gente. Había un hombre que introducía grupos de unas diez personas cada cinco minutos aproximadamente, con pases oficiales, quizás de prensa, que una vez dentro del recinto le devolvían para que pudiera volver a repetir el proceso. Lógicamente, cada vez que este señor realizaba su particular hazaña tenía que pasar el control de entrada y, lo que resulta más increíble y bochornoso, franquear la barrera policial. Y nosotros que presumimos de “la picaresca española”… Aunque había mucha más gente y la atmósfera que se vivía era ligeramente mejor que en las motos, tampoco es que aquello fuera un frenesí. Lo que resultaba muy divertido era ver a los chinos comprándose todo tipo de accesorios de merchandising; algunos iban vestidos de la cabeza a los pies con mezclas tan raras como una gorra de McLaren, chaqueta de Ferrari y camiseta de Renault, ¡bonito popurrí!. La carrera en sí no tuvo mucho interés, porqué las posiciones de llegada a meta no variaron desde la primera vuelta, así que lo más emocionante ya había sido antes… Comprar las entradas en la reventa supone, al menos para mi, una descarga de adrenalina bestial, sobre todo por la desconfianza tan grande que te genera. Resulta muy extraño y difícil de entender que el precio que se consigue en la reventa sea muy inferior al oficial. Desde luego, no cabe duda que es necesario regatear como si en ello te fuera la vida y hacerlo en su idioma, realizando muchos aspavientos y manteniéndose muy firme desde el principio, haciéndoles comprender, aunque sea mentira cochina, que no es la primera vez que vas a las carreras y conoces muy bien los precios que se pagan por las entradas. Yo nunca he jugado ni al pocker ni al mus, pero pienso que sería una buena jugadora, puesto que aquí hay que mentir como el que más y, encima, creértelo. De todas formas, viviendo en Shangai no sé hasta que punto merece la pena pasar tantos nervios porqué las carreras de motos y coches se ven mucho mejor en la tele, ¡donde va a parar!.

lunes, 20 de abril de 2009

El Día de Todos los Santos chino

Qīngmíngjié o Qing Ming Festival es una fiesta oficial en China, con una tradición que se remonta a más de 2500 años de antigüedad, siendo el equivalente a nuestra festividad del Día de Todos los Santos. Su transcripción literal es “Festival del Brillo Puro”, pero de su traducción del inglés también se conoce como “Día de Limpieza de Tumbas” (“Tomb Sweeping Day”). Tiene lugar pasados 104 días del solsticio de invierno, o a los 15 días del equinoccio de primavera, entre el 4 al 6 de abril de acuerdo a nuestro calendario gregoriano. ` La fiesta de Qing Ming no es solo un momento estacional que guía el trabajo del campo, si no que es además una festividad de conmemoración, combinándose los sentimientos de alegría y tristeza. Es la ocasión para salir fuera de casa y disfrutar de la primavera, pero también para rendir culto en los cementerios a los que ya les han dejado.
Durante ese día, el tráfico de camino al camposanto es terrible, y en ciudades como Shangai se colapsan las autopistas y todas las vías de acceso, pero tanto jóvenes como mayores deben atender esta cita ineludible y rezar ante sus ancestros, limpiar sus tubas y ofrecerles tributos, como flores, comida, te y vino. Para que no les falte de nada en el más allá, también es costumbre enviarles dinero, coches, casas y hasta lingotes de oro, que son de papel y que se queman junto con inciensos, mientras se hacen reverencias frente a la tumba. Existen bancos especiales donde se compra esta moneda de papel y, desde luego, parece un negocio rentable y fácil que, con todos mis respetos, me recuerda al timo de la estampita, uno da dinero de verdad y a cambio te dan dinero de papel. El resto de objetos se pueden comprar en mercados que hay alrededor de los templos y cementerios, algo parecido a los puestos de floristas en el Día de Todos los Santos en España y, yo diría que el hecho de ir al cementerio, rezar y adecentar las tumbas es también similar a lo que hacemos en nuestro país. Eso sí, comer y beber delante de la sepultura resulta un poco macabro; yo no me imagino con la tortilla de patata y la bota de vino ante la tumba de mis parientes fallecidos. En contraste con la tristeza de los que se encuentran en el cementerio, la gente también sale y disfruta de un día primaveral, cuando el sol ya brilla, los árboles y la hierba nuevamente resplandecen de verdor, el campo se llena de flores y, en definitiva, la naturaleza revive tras el frío invierno. En este sentido más campestre, es tradicional en esta festividad tan especial plantar árboles y hacer volar cometas, tanto de día como de noche. De una cuerda cuelgan pequeños farolillos atados a la cometa o enroscados, que se ven como diminutas estrellas brillantes en la oscuridad de la noche, denominados “Farolillos de Dios”. Durante esta jornada no cocinan y solo se sirve comida fría; el Hanshi Festival (Festividad de la Comida Fría) tiene lugar un día antes de Qing Ming, pero en la actualidad se han combinado ambas celebraciones. David me contó la complicación que todos los años se les presenta a la familia de un compañero suyo del trabajo durante la festividad del Qing Ming. Sus abuelos fallecieron hace tiempo y él y sus parientes se encuentran con el mismo problema cada vez, porqué se da la circunstancia que su abuelo era ateo y su abuela cristiana. El dilema surge porqué la familia tiene claro que la abuela está en el cielo y el abuelo…¿dónde está el abuelo?. En el cielo, desde luego que no, porqué no era creyente, así que debe estar en el infierno. Entonces, ¿cómo se les puede hacer llegar el dinero que necesitan en el más allá, si cada uno se encuentra en un sitio diferente?. Yo reconozco que estos temas se me escapan y me superan un poco pero, por supuesto, son cuestiones muy delicadas que hay que tratarlas con la máxima consideración, puesto que para estas personas es un problema real y muy serio. Por otro lado, yo me cuestiono que tipo de cristianismo practican cuando tienen la creencia que hay que enviar dinero al cielo… Los ritos en este día son muy importantes para la mayoría de los chinos, especialmente entre los campesinos, y algunas personas portan ramas de sauce o las colocan en la puerta de sus casas porque creen que con ello ayudan a espantar a los espíritus malignos que vagan durante el Qing Ming. Después de esta festividad, la temperatura aumenta y las precipitaciones se incrementan, y es el tiempo de arado y siembra en el campo. Además, el amor se siente en el ambiente y también es época para que las parejas comiencen el cortejo. Ya se sabe que “la primavera, la sangre altera”. Continuando con el tema de “los muertos”, la cantidad de terreno disponible para los cementerios en las grandes ciudades ha disminuido rápidamente y la gente ahora tiene que viajar muy lejos para enterrar y luego visitar a sus difuntos. La dificultad para muchos chinos es que no se pueden “permitir el lujo” de morirse en las grandes ciudades, dado que los precios de los funerales se han disparado en los últimos años y el coste promedio para un habitante de Shangai o Beijing será el de tres meses su salario para dar sepultura a un miembro de la familia fallecido. Mi profesora de chino, Susan, es una mujer de mi edad, con carrera universitaria y una mentalidad bastante abierta, puesto que sus estudios, viajes y su trato constante con extranjeros le ha brindado la oportunidad de adquirir una visión del mundo diferente a la que tienen la mayoría de los chinos. Nació en Hangzhou, que es una ciudad moderna y relativamente pequeña, con tan solo siete millones de habitantes, que se encuentra situada a menos de doscientos kilómetros de Shangai. Los padres de su marido vivían con ellos aquí en Shangai y hace unos meses falleció su suegro. La costumbre es trasladar el cadáver a su ciudad de origen y honrarle con los ritos funerarios que sean tradicionales de esa región, aunque primero es necesario esperar cuarenta y ocho horas para que las autoridades locales consientan el traslado del cuerpo. Una vez allí, Susan me contaba que en esta localidad es habitual exponer el cuerpo del difunto en la casa durante tres días, para que familiares, amigos y vecinos puedan darle el último adiós. Durante este periodo hay que ofrecer avituallamiento a todo el que aparezca por allí, por lo que constantemente tenían que estar preparando comida y disponiendo lo necesario para las remesas de personas que iban llegando. Me dijo que durante estos tres días, con sus largas noches, en las cuales no les era permitido dormir, aparecieron la friolera de algo más de mil personas. Los familiares que organizar este evento, porqué yo no lo puedo denominar de otra manera, son los parientes directos: consorte e hijos, por lo que en este caso en particular se encargaron Susan, su marido y suegra. Vestían un traje típico funerario y cada vez que llegaba un nuevo visitante debían cumplir con la misma rutina, ¡más de mil veces!, consistente en arrodillarse ante el recién llegado, a modo de agradecimiento, y entregarle una pequeña bolsa, que habían tenido que preparar previamente, que contenía productos de aseo, pañuelos para llorar a moco tendido si era menester y un “hong bao” (sobre rojo) con dinero. Normalmente es habitual en toda China que todos aquellos que acudan al velatorio entreguen a la familia del difunto un “hong bao”, que supone una ayudita para aliviar los gastos asociados al sepelio. Es un detalle muy bueno, si no fuera porqué en este lugar la cantidad de dinero del “hong bao” que se introduce en la “bolsita de bienvenida” debe ser siempre superior que la que te han entregado previamente. Conclusión, sale un balance muy desfavorable para la agotada familia del difunto, que tuvieron que desembolsar algo más de cien mil yuanes (unos once mil euros). A lo mejor, y sin tratar de parecer mal pensada, se puede explicar en parte las tan numerosas visitas que recibieron… Dependiendo de las regiones de China, las tradiciones son diferentes. Susan me comentaba su desconocimiento sobre esta costumbre en la tierra de su marido y que, por supuesto, en Hangzhou eran “gente normal” y enterraban a sus muertos sin toda esta parafernalia asociada. Yo le pregunté si no les habría sido posible eludir de alguna forma ese teatro y su respuesta fue categórica, que las tradiciones son muy fuertes y arraigadas y, aunque uno quiera negarse no puede, ya que la presión por parte de los familiares y amigos es muy grande. El responsable de la “Funeraria de Shangai y Asociación de Entierros” recientemente hacía unas declaraciones en un periódico local y comentaba que en Shangai hay cinco millones de metros cuadrados dedicados a cementerio, de los cuales solo quedan cinco mil. Como no hay terreno, se necesitan buscar otros métodos; se proponía que si normalmente una urna funeraria requiere 1,5 metros cuadrados de espacio, ahora se anima a la gente a que acople a su difunto en 1 metro cuadrado o que se esparzan las cenizas en el océano. Se entiende que aquí se incinera a todo el mundo, ¡no hay sitio para más! y parece que el tema del impacto ecológico que pueda tener arrojar los restos de miles de chinos al mar no tiene demasiada importancia. Un conocido periódico de China ha realizado una encuesta entre los cinco mayores cementerios en Beijing y el precio para una tumba estándar oscila entre veinte mil a treinta mil (entre algo más de dos mil a tres mil euros) yuanes por metro cuadrado, que es una disparate de dinero teniendo en cuenta los veinte mil yuanes de promedio por metro cuadrado que cuesta una casa en esta población. Un ciudadano declaraba que había pagado setenta mil yuanes (más de siete mil euros) para poder enterrar a su padre, siendo esta cuantía mucho más de su salario anual, que a su vez es superior al de la media de los habitantes de Beijing. Esta persona gastó diez mil yuanes con la funeraria, pero la cantidad restante fue para pagar los dos metros cuadrados de la tumba. Haciendo un cálculo, el precio sería similar a lo que puede costar un entierro medio en España, pero hay que tener en cuenta que en China los salarios son mucho más bajos y hay mucha gente muy pobre y con apenas recursos . Esta claro que, en cualquier lugar del mundo, la muerte es un negocio muy prospero, sin secuelas por la crisis económica, en el que nunca van a faltar los clientes…

miércoles, 8 de abril de 2009

Enfermedades raras y mosquitos

Ante todo me gustaría pedir disculpas porqué la semana pasada no cumplí con mi compromiso de publicar una entrada en el Blog. No he tenido tiempo y los motivos han sido,  primero, que continúo sin poder caminar, con mi maltrecho pie aún escayolado y, segundo, que los peques han permanecido en casa debido, precisamente, a una de esas enfermedades raras. A Dios gracias, los nenes están bien, pero en las tres últimas semanas ha habido tres casos de HFMD (Hand, Foot and Mouth disease) en su colegio. Es la enfermedad de las manos, pies y boca, que solo se suele dar en esta parte del mundo y nada tiene que ver con la llamada enfermedad de las manos y pies, que conocemos en Europa y es producida por el ganado.

Normalmente la HFMD se manifiesta con erupciones rojas alrededor de la boca, lengua, planta de las manos y pies, que luego se pueden convertir en llagas. Aparte de estos síntomas tan evidentes, también conlleva fiebre moderada, dolores estomacales y falta de apetito; y en el 95% de los casos la contraen niños menores de cinco años. Esta dolencia está producida por un virus para el cual no hay tratamiento conocido, aunque se pueden emplear antitérmicos para bajar la fiebre y analgésicos para paliar el dolor.  La mayoría de las veces no corre peligro la vida de los niños afectados y suele curarse en unos días, sin embargo, el gran riesgo aparece porqué en el 75% de los casos están afectados por el virus EV71, que puede degenerar en meningitis, polio o encefalitis. En el poco tiempo que va de año ya han muerto dieciocho niños en China y la amenaza de epidemia empieza en esta época, cuando llega el calor. Actualmente hay declarados por el gobierno chino más de 42.000 casos, por lo que el tema es bastante grave y el problema es que tampoco se puede hacer mucho para prevenirlo, puesto que se trata de un virus muy contagioso que se puede pillar en cualquier sitio. Tan solo se dan algunos consejos, como ser muy cuidadosos con la higiene de los peques, que se laven frecuentemente las manos y evitar acudir a lugares muy concurridos o con poca ventilación con ellos. En los colegios, las clases en donde hay casos de HFMD se declaran en cuarentena y, a veces, incluso se cierra el centro hasta que pase el peligro. Se desinfectan las aulas y todo el material escolar.

 

En este momento, la enfermedad a la que tengo más aprensión es la rabia. Desconocía por completo que si se es mordido por un animal que tiene este mal y uno no se ha vacunado, por desgracia se está condenado a una muerte segura, bastante desagradable, que sucede en poco más de veinticuatro horas. Si se tiene la suerte de haberse vacunado, se debe acudir inmediatamente a un hospital para que te inyecten un antídoto, porqué si no también es muy probable que se pase “a mejor vida” (nunca entendí está ridícula expresión).

 En Shangai el riesgo en contraer la rabia es relativamente bajo, pero en cuanto uno se desplaza a zonas un poco más rurales, o sea, a cincuenta kilómetros de aquí, se pueden encontrar desagradables sorpresas.

Los dos meses previos antes de mudarnos a Shanghai nos inyectamos mil y una vacunas, parecía que aquello no tenía fin: rabia (tres dosis), encefalitis japonesa (tres dosis), hepatitis A+B (dos dosis), tétanos, difteria, gripe y seguro que se me olvida alguna que otra. Es cierto que la amenaza de contagiarse con alguna enfermedad rara o que se consideran erradicadas en Europa, como la hepatitis A, es mucho mayor. Con esto no quiero asustar ni desanimar a los que tenéis pensado venir a China, porqué hay que asumir que el riesgo que se corre en padecer una de estas enfermedades es el mismo que viajando a cualquier otro país asiático. Desde luego, el peligro tampoco puede ser igual cuando se reside aquí, como nosotros, que si se viene a disfrutar un par de semanitas de vacaciones.

 

Una fuente portadora de innumerables enfermedades son los mosquitos y es, sin ninguna duda, lo que menos me gusta de vivir aquí. Disfrutamos de seis meses, desde octubre a marzo más o menos, sin preocuparnos de estos asquerosos insectos. En el instante que empieza a hacer un poquito de calor y con la humedad tan elevada, aparecen cientos, miles, de todo tipo, tamaño y forma. En España apenas yo sí diferenciaba entre dos clases de mosquitos: los pequeños y los grandes, que si los espantas o tratas de matarlos, normalmente dejan de molestarte. Aquí son terriblemente agresivos y yo diría que hasta listos, o acabas con ellos o acaban ellos contigo y tu cuerpo queda repleto de grandes ronchones rojos que pican hasta la desesperación. En especial, hay unos mosquitos terribles, llamamos tigre, porqué en su cuerpo tienen rallas blancas y negras, que producen unas picaduras enormes que perduran muchos días, incluso semanas. Da igual que los intentes matar, parece que no les importa porque te siguen acosando sin piedad, son extremadamente rápidos y, sobre todo, te atacan por la espalda y en las piernas, para que no les puedas ver.  A su lado, los mosquitos españoles son bobos.

Tengo la desgracia que estos bichos repugnantes sienten especial predilección por mi sangre y me acribillan. David, en cambio, tiene más suerte que yo y su sabor no debe resultar tan delicioso a su exquisito paladar. Normalmente, el puede tener una o dos picaduras y yo me llevo el resto. Yo creo que prueban primero a ver que tal, no les satisface el gustillo que deja su sangre y deciden cambiar de victima, o sea, yo. ¡Los odio con todas mis fuerzas!.

 

Los peores momentos del día son el amanecer y atardecer, donde se ven nubes de mosquitos, primero a lo lejos y luego, cuando te han detectado, alrededor tuyo. En esta casa tenemos un jardín francamente bonito, jardín del que no podemos disfrutar nada más que unas pocas semanas al año. En invierno, porqué hace mucho frío, y en cuanto aumenta la temperatura los mosquitos te devoran vivo y no se puede salir. En la vivienda, hay mosquiteras en todas las ventanas, puertas y sobre las camas. Tan solo no hay en la entrada principal y, en verano, cuando aprieta el calor, una veintena de mosquitos están esperándote ahí, para meterse contigo en cuanto se abra la puerta. Como no se puede evitar que esto suceda, yo tengo mi propio sistema de exterminio, que consiste en dejar un bote de insecticida en la puerta y rociarles antes de abrirla. Entrar, entran los muy desgraciados, pero mueren al poquito tiempo.

 

Puedo asegurar que es una sensación francamente desagradable cuando al despertarte por la mañana se descubre un mosquito gordo como un cerdo dentro de la mosquitera, que no puede apenas ni volar, lleno hasta las trancas de tu sangre. Todavía no sé como se cuelan dentro, pero el caso es que lo consiguen bastante a menudo; como encuentren el más mínimo resquicio, por allí que se meten. Tampoco sirven de mucho los insecticidas tipo Raiz (aquí también hay esa marca), porqué como no se les rocíe de pleno con el spray, no se mueren y los aparatos eléctricos que se conectan por la noche en los enchufes son totalmente inútiles.  Lo más efectivo son unas raquetas electrificadas con las que te cargas los mosquitos a raquetazo limpio, como si se estuviera jugando al tenis. Mueren electrocutados y, a veces, saltan chispas de la descarga que les da. Como yo odio a estos insectos por encima de todo, reconozco que siento un morbo especial al acabar con ellos de esa forma tan cruel. Eso sí, estoy convencida que este tipo de aparatos no pasarían en el mercado europeo la normativa de seguridad vigente.

 

Ya son pocos los días que restan para untarnos de Aután hasta las orejas; por cierto, que esta parte es también muy importante y conviene no olvidarla, porqué si no se echa crema ahí, es seguro que pican. ¡Si lo hacen hasta en el cuero cabelludo, los muy…!. De todas formas, estas lociones tampoco resultan muy efectivas y es probable que les sepa hasta apetitosa, porqué a mi me pican de todos formas. Es cierto que existen otros potingues más eficaces, pero huelen tan mal, resultan tan pringosos, que da repulsión y hasta vergüenza por la pestecilla que uno desprende. Por otra parte, no se puede vivir siempre embadurnado y dependiendo de guarrerías de este tipo que suelen irritar la piel. Por lo menos, para los niños existen unos parches antimosquitos que digamos que son, más o menos, eficaces y se puede controlar las picaduras. 

Mosquitos españoles, como os echo de menos…

jueves, 26 de marzo de 2009

Wô jiésháo yíxìa

Estoy muy contenta que el Blog os haya enganchado o, al menos, es lo que decís.  Espero que no estéis mintiendo como bellacos solo para quedar bien conmigo. Me he dado cuenta que escribo como si todo el mundo nos conociera, pero a parte de la familia y los amigos, parece ser que hay más gente que se ha animado a leer mi Blog, ¡qué valor!. Muchas gracias a todos, porqué eso me da ánimos para seguir contando historias desde este planeta.

Para aquellos que no nos conocéis “Wô jiésháo yíxìa”, o sea, que traducido del chino significa que voy a hacer una pequeña introducción de mi familia, y también contaros porqué decidimos venirnos a vivir tan lejos de casa. Tenemos dos peques, Adrián, de cinco años, y Claudia, de dos años y medio; David y yo tenemos treinta y tantos, vamos, que los treinta los tenemos cumpliditos hace ya tiempo. En España vivíamos en un pueblo muy cercano a la sierra de Madrid, en San Agustín de Guadalíx, donde nos habíamos traslado hacía poco más de un año antes de mudarnos a Shangai. Lo cierto es que nos sentíamos muy a gusto allí porqué es un municipio bonito, relativamente pequeño, tranquilo y cercano a Madrid. Además, tenemos la gran suerte de contar con unos vecinos maravillosos a los que echamos mucho de menos.

Nuestra vida en España era sencilla y bastante convencional, como la de la inmensa mayoría de los padres con hijos pequeños. Casi todos los días regresábamos a casa del trabajo bastante tarde, si es que alguno de los dos no estaba viajando. No había más tiempo que para preparar la cena, bañar a Adrián y todos a la cama, reventados; ¡un día más!. Durante el fin de semana había que dedicar un día a comprar y, con suerte, podíamos organizar algo con la familia o los amigos, pero poco más. Desde luego, nada excitante. No voy a decir que nuestra vida aquí sea “excitante”, pero si es cierto que disponemos de tiempo libre, hacemos muchas más cosas y podemos disfrutar de nuestros hijos. La novedad nos ha mantenido bastante entretenidos hasta ahora, siendo este un lugar donde nunca dejas de sorprenderte y siempre encuentras algo o alguien que te deja totalmente descolocado.

David y yo nos habíamos planteado muchas veces la posibilidad de residir en el extranjero durante una temporada, y esta era una idea que llevábamos barruntando desde hacía ya varios años. Nos apetecía un cambio, vivir nuevas experiencias en otro país y huir de nuestra particular estresante rutina diaria. La familia y los amigos estaban más o menos al corriente de nuestro empeño, pero yo creo que casi todos creían que era un farol y no seríamos capaces de dar este paso. No teníamos pensado ningún destino en particular, tan solo confiábamos que tarde o temprano nos saldría una oportunidad en alguna de nuestras respectivas empresas.

Un día llegó David a casa, muerto de la risa, contándome que se buscaba un candidato para desplazarse a Shangai, ¡vaya destino!.  El pobre se quedó con cara de “¡no me lo puedo creer!” cuando le dije: “¿Por qué no te enteras con detalle del puesto y, si nos interesa, lo solicitas?”. Su respuesta fue inmediata, alucinado por mi pregunta: “Pero, ¿tu te irías a China?”. A lo que respondí:  “¿Y por qué no?. Si es interesante para nuestro futuro y el de nuestros hijos, es una opción como otra cualquiera”.

Y ahí empezó todo, en Mayo de 2006, cuando yo estaba embarazada de tres meses de nuestra hija Claudia. El proceso de selección fue muy largo, quizás demasiado, con muchas entrevistas, cinco de ellas en París. Hasta que un día de Octubre, cuando teníamos un poco olvidado este tema y, tan solo unos días antes de dar a luz (de hecho ya estaba de baja), recibo una llamada de David diciéndome que debería comunicar en mi trabajo que, por una temporada larga, no iba a regresar. Yo no tenía ni idea de que me estaba hablando y pensaba que se refería a mi baja por maternidad. Cuando me contó la noticia, reconozco que me quedé de piedra, sin saber que decir, no sé como el parto no se adelantó en ese instante.

Como suele ser habitual en estos casos, la empresa le notificó que debería ocupar su nuevo puesto en Shangai lo antes posible. El problema era que íbamos a tener un bebé y ellos mismos nos desaconsejaron hacer el traslado con una niña tan pequeña, siendo mejor esperar a que tuviera unos cuantos meses. Claudia nació a finales de Octubre y, finalmente, nos marchamos la última semana de Marzo de 2007, cuando la nena tenía cinco meses y un año después de solicitar el puesto. Ahora no entiendo muy bien el motivo por el cual no viajamos antes, porqué Shangai es una ciudad donde la vida es fácil y no hay problemas para venir con bebés; se puede encontrar casi de todo y hay muy buenos hospitales en caso de una emergencia.

Hay que asumir que es muy complicado tomar una decisión de esta envergadura. Marcharse a China no es lo mismo que desplazarse a un país con una cultura occidental, más similar a la nuestra. Antes de casarnos yo estuve trabajando seis meses en Inglaterra y no necesité grandes preparativos. Primero, porqué en aquella época no tenía marido ni hijos y, segundo, porqué en cualquier momento existía la posibilidad de coger un vuelo de vuelta a España para pasar un fin de semana en casa. Mover una familia es difícil por todo lo que conlleva y, en nuestro caso fue relativamente sencillo, porque nuestros hijos son muy pequeñitos y van donde les digas sin poner pegas. Cuando los hijos son más mayores puede ser un problema enorme convencerles que tienen que dejar a su familia, amigos, colegio, casa, es decir, abandonar toda su vida, su mundo, para ir a un lugar nuevo en donde no conocen nada ni a nadie. Y a todo eso hay que añadir la dificultad adicional que supone el no saber el idioma.

Aunque desde el primer momento encontrábamos gran cantidad de ventajas en mudarnos a China, también pensábamos mucho en nuestras familias, en cómo se lo iban a tomar, más ahora que teníamos dos niños y, sobre todo, como debíamos abordar el tema. Fue lo más duro, pensar en la gran distancia que nos iba a separar de todos aquellos a quien queremos y nos quieren, nuestra familia y amigos.  Aunque para muchos no fue una gran sorpresa, realmente todos se mostraron estupefactos por el destino.  

Tengo que decir que David y yo nunca tuvimos grandes dificultades para adaptarnos a la vida aquí. Supongo que influye mucho que estábamos plenamente seguros de nuestra decisión y muy motivados por el cambio. Hay muchas personas que lo pasan francamente mal, deseando que finalice su contrato de expatriación para poder regresar a su país. Se corresponde con casos en los que las compañías, poco más o menos, les obligan a expatriarse.  Eso es una gran equivocación, porque no se puede forzar a nadie, y menos a una familia, a mudarse a otro país y, desde luego, no a un sitio como China. La empresa de David es muy consciente de los problemas que una situación así conlleva y se aseguran que sus expatriados estén plenamente convencidos. Por eso entrevistan también al cónyuge, que suele ser quién más impedimentos interpone, y con ello tratar de evitar los casos tan numerosos de divorcios que existen durante las expatriaciones. Hay que reconocer que es la pareja quién normalmente tiene que renunciar, a priori, a más cosas. En mi caso, por ejemplo, mi propio trabajo, que me gustaba mucho. Está claro que una mala situación en el hogar desestabiliza al trabajador, poniendo en peligro la inversión y apuesta de futuro que ha hecho la empresa con esa persona.

Nuestro punto de no retorno fue en diciembre, durante una semana David estuvo en Shangai buscando casa y colegio. Se trata de la prueba de fuego, cuando uno tiene que tener muy claro si se ve viviendo en ese lugar con su familia. Es en ese momento cuando hay gente que decide echar marcha atrás y detener el proceso de expatriación. Yo también debía haber acompañado a David en ese viaje, pero Claudia tenía poco más de un mes y no era factible. Así que, no me quedó otra que confiar ciegamente, nunca mejor dicho, en las conclusiones que David obtuviera de su aventura China.

Algo que nos resultó de gran utilidad luego es que la empresa también organiza un cursillo para familiarizarse con la cultura y costumbres del país al que uno se desplaza, en nuestro caso se llamaba “Introducción a la cultura China”. El consultor que nos dio la charla había estado viviendo en Shangai, entre otros muchos lugares del mundo. Casi todos los temas que iba abordando me parecieron exagerados, no les di demasiada credibilidad y, sinceramente, pensé que se estaba quedando con nosotros. Ahora no me queda otra que retractarme y reconocer que todo aquello que nos contó, no solo era cierto, si no que hasta se quedó muy escaso en su exposición. Y ahora esas historias, y más, son las que os estoy contando en mi Blog…

 

 

 

Recién llegados a Shangai

lunes, 23 de marzo de 2009

Taxis y taxistas

Utilizar un taxi en Shangai puede ser una experiencia memorable, que no siempre grata. El transporte público no es un servicio especialmente desarrollado y, aunque el metro es muy moderno, de momento son muy pocas las líneas disponibles, que solo cubren la zona centro. Para desplazarse a muchos lugares de esta ciudad descomunal, el taxi es el mejor medio de transporte posible, con dos grandes ventajas: disponibilidad, ya que hay gran cantidad de taxis, y precio, al ser relativamente barato; y como inconveniente, que el tráfico es terrible, y llegar a tiempo a una cita puede convertirse en todo un reto.

Los taxis no pertenecen a particulares, si no que hay varias flotas que se distinguen por el color del coche. El 99% de los taxis en Shangai son VW Santana de todas las épocas que ha conocido ese coche, desde el modelo de hace 30 años, que todavía se sigue fabricando aquí, pasando por el Santana 2000, Santana 3000 y, por último, Santana Vista, que es la versión más moderna. Cuando uno entra en un vehículo de esos de hace tres décadas, es como si se volviera al pasado, no solo porqué tienen un diseño muy antiguo, si no por lo incómodos que son. El motivo de que haya tanto Santana es porqué se fabrica en Shangai y resulta más económico que comprar otra marca que no se produzca aquí. Por la misma razón, en Beijing casi todos los taxis son Hyundai Lantra. Es muy caro comprar cualquier coche que no se fabrique en la provincia en la que uno vive.

También hay algunos taxistas, los menos, que son ilegales, con turismos normales y corrientes, pero que guardan el taxímetro en la guantera o que acuerdan directamente un precio con el cliente. De hecho, en nuestra urbanización hay uno, pero la verdad que se agradece poder ir en un VW Passat limpito y cómodo, con su tapicería de cuero. ¡Aquí eso es todo un lujo!.

Como ya conté en mi anterior entrada del blog, la limpieza no es una virtud que caracterice a los chinos y, los taxis, por desgracia, no iban a ser la excepción. Suelen estar más limpios por fuera que por dentro, porqué la apariencia externa de las cosas es algo que les preocupa mucho; si el interior está sucio o huele a tigre, no es tan importante. Los asientos están cubiertos con unas fundas blancas, bueno, que lo fueron en algún momento, cuando las lavaron. A mi me llama la atención ver a los taxistas con sus guantes blancos, tanto como las fundas de los asientos, y que a veces están rotos, dejando al descubierto los dedillos por los agujeros.

Los taxistas son una raza aparte de conductores, resultando extraño que respetan las reglas. En Shangai o Beijing son solo relativamente peligrosos, pero nuestra experiencia en otras ciudades no tan grandes, como Hangzhou, es muy mala y estos “profesionales del volante” van jugándose su vida y, lo que es peor, la de los pasajeros. Yo creo que en cualquier lugar del mundo es bastante común que los taxistas sean unos piratillas y muy flexibles a la hora de entender las normas de circulación. Conducen rápido, muy rápido, en comparación con la velocidad con la que el resto de vehículos circulan y no soportan tener a nadie delante, por lo que se pasan todo el trayecto cambiándose de carril para adelantar: por la izquierda, por la derecha, por el arcén, que todo vale. Es como estar jugando a un videojuego de carreras de coches, pero uno está dentro del juego. ¡Como se echa en falta el cinturón de seguridad en los asientos traseros!. Mientras conducen, también hablan por el móvil y fuman como carreteros, con toda naturalidad aunque, por supuesto, esté prohibido.

Cuando en una ciudad el número de taxistas no es suficiente, el gobierno se encarga de reclutarlos en las  zonas rurales. Normalmente tienen poca o ninguna experiencia en conducir, y si tienen licencia, es probable que la hayan usado únicamente para transportes por el campo. Por todo esto, es bastante habitual encontrarse con taxistas que no se conozcan la ciudad y no suelen admitirlo, dando mil y una vueltas antes de decidirse a preguntar. Aunque me temo que lo de “no preguntar” es algo inherente al género masculino, independientemente de la cultura o nacionalidad. A veces, solo queda confirmar lo que ya se venía sospechando “yo juraría que esta calle ya la he visto tres veces”, más vale asumir que se está perdido y que no se sabe cuando se va a llegar al destino. Si se es un turista, hay que confiar en la suerte, pero si se vive aquí, es conveniente no tentarla y haberse estudiado bien el mapa antes de salir de casa para indicarles el camino a seguir. Es la única forma de evitar desagradables sorpresas.

Los chinos son muy desconfiados y los extranjeros tenemos un problema con los taxistas, ya que muchos no paran al ver que eres forastero, porqué tienen miedo a no entenderte o que tu no les entiendas y no les pagues. Y, desde luego, lo que es seguro, es que no se detienen si ven que se lleva un carrito de bebé. Recuerdo alguna que otra vez que David se ha tenido que esconder con Claudia y el carrito, mientras yo llamaba un taxi con Adrián y, una vez dentro los dos, han aparecido David y Claudia. ¡Muy triste, pero necesario!.

Creo que después de todo esto, ya todos entendéis porqué prefiero conducir mi propio coche…

martes, 17 de marzo de 2009

Restaurantes

Shangai ofrece una amplia variedad de lugares donde se puede comer, para todos los gustos y bolsillos, desde los pequeños puestecillos ambulantes, en los cuales se puede llenar el estómago pagando entre 3 a 5 RMB (0,3 a 0,5 €), hasta restaurantes de lujo, donde el precio lo marca lo que la billetera de cada uno le permita.
La gastronomía tradicional china no tiene nada o muy poquito que ver con la comida de los restaurantes chinos en España, donde siempre me ha dado la impresión que, independientemente del restaurante en que se esté comiendo, todos los platos tienen el mismo regustillo. Con esto quiero decir, y sin tratar de herir la sensibilidad de los amantes de la comida oriental, que lo que se come en España en “El Palacio de Oriente” o “El Buda Feliz” o “La Gran Muralla” no suele ser muy auténtico ni original, como tampoco lo son a la hora de poner nombres a los restaurantes.
China es una nación enorme, en donde la variedad gastronómica también es muy extensa y, dependiendo de la zona del país, la cocina es totalmente distinta. Por ejemplo, en el área más occidental son sabores tipo morunos, muy especiados; en Sichuan, muy picantes; en Shangai, más dulzones. Lo que no es habitual es encontrarse “rollitos de primavera” en la carta de un restaurante en Shangai, lo cual puede resultar chocante, cuando se piensa que este plato es “el clásico entre los clásicos”. Y, por supuesto, lo que nunca van a tener es pan, ya que la base de su alimentación es el arroz y es el complemento a cualquiera de sus comidas.
En el día a día, los chinos son muy dados a comer fuera de casa y, normalmente, lo hacen en los puestos callejeros, siendo estos los lugares más populares y también baratos. Además, hay muchos pequeños restaurantes que no son otra cosa que las propias viviendas de la gente que están abiertas a la calle. En el mejor de los casos, estos locales disponen de un par de mesas y sillas, otras veces, se pueden ver latas de conserva muy grandes, troncos de madera, ladrillos o cualquier objeto donde uno se pueda sentar. Aquí se ofrecen platos sencillos de arroz y noodles, que no tienen mala pinta. Otros ofrecen todo tipo de pinchitos de bichos, como en la foto. Tengo que reconocer que en los dos años que llevamos viviendo aquí nunca nos hemos atrevido a comer en estos sitios, porqué no nos fiamos de la calidad ni de los ingredientes que emplean para cocinar y, sobre todo, por las condiciones higiénicas. Tratando de decirlo de una forma más o menos fina, suelen tener “más mierda que el palo de un gallinero”. Está claro que la gente come a diario y sobrevive, que se sepa, pero a mi se me levanta el estómago cuando veo tanta suciedad junta en un lugar donde se está cocinando. La limpieza no es algo prioritario para los chinos y, por desgracia, eso se hace extensivo en los lugares donde se come.
También aquí se encuentran las cadenas de restaurantes americanos de comida rápida y que, hoy en día, por ese fenómeno llamado globalización, hay en casi cualquier parte del mundo. En Shangai hay muchísimos Mc Donald (Mai Dan Lao), KFC, (Ken De Ji) o Starbucks (Xing Ba Ke), entre otros. Salvo pequeñas variantes, como patas de pollo o cuellos fritos en el KFC, los menús son primos hermanos de los que tenemos en España y, para hacerse una idea de los precios, un menú Big Mac cuesta 17 RMB, unos 2 €, y en el KFC, que es un poco más caro, unos 25 RMB. Recuerdo que hace tiempo un amigo me dijo sobre este tipo de restaurantes que lo bueno que tienen (o lo malo, según se mire) es que sabes que te estás comiendo la misma basura en cualquier parte del mundo, y estoy totalmente de acuerdo, porqué el Big Mac o Whopper saben igual, y ahí queda eso, allá donde te lo tomes. Starbucks es un poco más especial y resulta caro, muy caro, sobre todo para los chinos, porqué el café más barato son 28 RMB. Mientras que Mc Donald o KFC tienen mucha aceptación entre toda la población, sobre todo entre la gente más joven, Starbucks, aunque también es muy popular, es considerado como un sitio bastante pijo, al que no todo el mundo se puede permitir ir. En realidad es como en España, porqué un cafetito en Starbucks también cuesta un pico. En cuanto a los típicos restaurantes chinos, llaman mucho la atención aquellos que están ubicados en edificios enormes, de varias plantas, que a simple vista parecen hoteles. De hecho, hotel y restaurante se dice igual en chino (fan dian), por lo que, a veces, es necesario entrar dentro para saber si se trata de uno u otro. Lo corriente es que haya varios porteros solo para abrir la puerta, que llevan uniformes de “capitán general”, dándose gran importancia, todos ellos con su pinganillo en la oreja, el cuál todavía no he llegado a descifrar cuál es su uso. Una vez dentro del restaurante, suelen haber señoritas vestidas con el traje tradicional chino, qipao, muy monas todas ellas, nada más que para indicar el camino, no vaya a ser que uno se pierda. Disponen de salones privados, más o menos grandes, donde se puede disfrutar del almuerzo con cierta intimidad, y es como si se estuviera en la habitación de un hotel. Resulta especialmente llamativo la cantidad de personal que trabaja en estos sitios, e incluso, a menudo, se pueden ver muchos más empleados atendiendo las mesas que comensales hay en el restaurante. A pesar de tanta gente, se puede decir que el servicio deja mucho que desear, aunque existan honrosas excepciones, sobre todo en los restaurantes internacionales. Una vez sentado, lo primero que hacen es servir un vasito de agua calentita o una taza de te verde caliente, sin azúcar, independientemente de la estación del año. Por supuesto, para comer hay que utilizar palillos (kuaizi) y es muy raro que tengan cuchillo y tenedor. Aunque dependiendo del tipo de cocina, en la carta se pueden encontrar mil y una sorpresas como: serpiente frita, lenguas de pato, todo tipo de intestinos, carne de perro, serpiente, tortuga, rana y demás bichos, cocinados de formas muy diversas. Entre las sopas, se podría destacar la clásica de aleta de tiburón (está buenísima y es muy cara) y la de serpiente y tortuga (muy famosa), etc. Si hay suerte, la carta puede estar en inglés, no obstante, en muchas ocasiones, la traducción que hacen no aclara nada sobre el contenido de ese plato. Los chinos utilizan muchas metáforas para todo, y en la comida no iban a ser menos. Para que sirva de ejemplo, es como “Hormigas subiendo al árbol” o “Familia feliz”, que aparecen en los menús de los restaurantes chinos en España. En estos casos, en los que a uno le asaltan las dudas y, todo hay que decirlo, temor y aprensión, lo más recomendable es ir a lo seguro y pedir algo que uno sepa lo que es, por si acaso. También es corriente que en algunos de los restaurantes tengan los “ingredientes” vivitos y coleando, lo que es reflejo de “su frescura”, y es algo muy cotizado. Pueden tener todo tipo de bichos vivientes, conocidos y desconocidos, desde peces y mariscAñadir vídeoo en las peceras, lo cual no difiere mucho de los cocederos de marisco en España, hasta aves, serpientes, tortugas, ranas, etc. Por supuesto, no hay vacas, cerdos, caballos o corderos, pero por motivos de tamaño y porqué esa carne no es apta para el consumo recién muerto el animal.

David ha tenido alguna que otra experiencia con estos platos tan exóticos. La semana pasada le pusieron la cabeza de una vaca entera, cocinada, por supuesto, pero hay que reconocer que a cualquiera nos daría un poco de grima, aunque luego esté todo muy bueno. En otra ocasión fueron canapés de escorpión, ¡deliciosos!, aunque David optó por no probarlos.

Aunque entiendo que a estas alturas a más de uno se le haya podido quitar las ganas de volver a un restaurante chino, tengo que decir en su favor que hay platos muy sabrosos y a mi, en particular, me han gustado muchas de las recetas que he probado hasta ahora, aunque de otras mejor ni hablar... Si bien es cierto que, ante la incertidumbre sobre los ingredientes empleados, intento dejar los escrúpulos para otro momento, y opto por comer y no preguntar demasiado. No es habitual tomar postre en China, ni tan siquiera suele existir esta posibilidad en la carta. Tan solo en los restaurantes más occidentalizados puede haber algún que otro postre, pero tampoco se corresponden con la idea de fruta o dulce que tenemos, si no que son platos bastante extraños para nuestro paladar. Y para terminar, en Shangai, como ciudad cosmopolita que es, es variada la oferta de restaurantes de todas las nacionalidades que uno se pueda imaginar, incluyendo, por supuesto, restaurantes españoles (Las Tapas, La Gran Bodega, Indalo, La Verbena, etc.). En general, almorzar en un restaurante internacional sigue resultando más barato que su equivalente en España, salvo por la carta de vinos, que suelen tener precios prohibitivos. Considero que es todo un lujo poder ir de vez en cuando a alguno de estos restaurantes españoles, darse un homenaje, y disfrutar de una comida típicamente mediterránea y, si se tiene suerte, incluso hablar español…

viernes, 13 de marzo de 2009

Habilidades personales: buen bebedor

Como sucede en muchos países, incluyendo el nuestro, muchos negocios y contratos se cierran en comidas o cenas, con juerga posterior opcional. En China hay una tradición que se llama gambei, que consiste en un brindis en el que hay que beberse lo que se tenga en ese momento entre manos de un solo trago; con contenido alcohólico, se entiende. Sería algo parecido a nuestros chupitos, salvo que estos se suelen tomar al final, con el postre, mientras que el gambei se hace durante todo el tiempo que se prolongue la comida. El que más bebe es, por llamarlo de alguna manera, “el más campeón", siendo considerado el mejor jefe o el mejor compañero o el mejor socio, etc., en definitiva, alguien de plena confianza, puesto que es capaz de trincar con sus comensales hasta caerse redondo, si hace falta. Si se rehúsa a brindar lo consideran un agravio y esa persona no es de fiar, ya que no ha demostrado "su valía" delante de sus colegas, colaboradores, socios o clientes. Como excusa para librarse de tanto gambei tan solo se puede argumentar algún problema de salud, pero más vale que sea convincente… Es de imaginar que tras estas reuniones de trabajo, con un contenido etílico tan elevado, los asistentes acaben bastante “perjudicados”. Lógicamente, si lo que se pretende es cerrar un negocio o firmar un contrato, no conviene que el responsable termine tajado perdido. Todos ya sabemos los efectos devastadores que produce el alcohol en nuestra capacidad de raciocinio y, sobre todo, por esa “exaltación de la amistad” que cualquier borrachera trae consigo, no muy recomendable a la hora de pactar algo de lo que al día siguiente ni se recuerda. Por todo ello, las empresas se encargan de enviar a estas negociaciones tan festivas a profesionales de la bebida, para afrontar el gambei con toda la alegría que su cuerpo se lo permita, así el jefe se puede mantener en un estado de sobriedad aceptable para cerrar el trato. En el departamento de RRHH de cualquier empresa china es habitual recibir CV´s donde entre las habilidades personales del aspirante a un puesto de trabajo figura la de “ser un buen bebedor”. De esta forma, mucha gente accede a un empleo y se les puede considerar como “bebedores profesionales” dentro de la empresa. Ahora os voy a contar una historia real, que sucedió a David hace poco más de un mes. En su empresa se organizó una cena para despedir a unos compañeros de Estados Unidos, que habían pasado unos días visitando la filial de Shangai. Aparte de los americanos y David, estaban invitados varios compañeros chinos, entre lo cuales, había uno de los jefes más relevantes de la fábrica. David ya me había contado que es habitual en esta persona que acabe bastante “alegre” cada vez que salen de cena. Parece ser que entre los americanos y este hombre se bebieron “hasta el agua de los floreros” y que esta vez acabó un poquito peor que de costumbre. Como no se le veía capaz de conducir su coche hasta su casa, le metieron en un taxi y, para que no fuera solo, le acompañó una de las asistentes a la cena. Al poquito tiempo, David recibió una llamada de esta mujer, preguntando sobre la dirección de la casa de nuestro amigo, que estaba tan borracho que no era capaz ni de recordar dónde vivía. Se montó un lío de impresión para localizar su domicilio y, finalmente, entre esta pobre chica y el taxista, no solo le sacaron del taxi y le subieron a su casa, si no que también le tuvieron que acostar. ¡Menudo panorama más lamentable! y también vaya marrón para la pobre mujer, que tuvo que meter en la cama a uno de sus jefes en un estado tan deplorable. Lo que a mi me parece más sorprendente es que este comportamiento, que a la mayoría nos parecería totalmente bochornoso dentro de un ámbito laboral, a los chinos les parece de lo más normal, además de una demostración de hombría y algo de lo que al día siguiente se puede ir presumiendo en la oficina. Yo creo que a cualquiera de nosotros que se viera en una de estas, se nos caería la cara de vergüenza y no sería, precisamente, muy bien visto por el resto de compañeros y, mucho menos, por los jefes. El director de la fábrica de David no es chino, como sucede en la gran mayoría de las empresas extranjeras afincadas en China, y frente a esto no puede hacer ni decir nada, puesto que un tema cultural. …y no os perdáis el próximo episodio: “Los Restaurantes”.